Unas semanas de preparación, idas y venidas esporádicas y un motivo muy especial para estar aquí. Otra mudanza y estoy segura de que es el inicio de una etapa muy bonita en mi vida. Ayer caminaba junto a otros dos pies y un hocico; y mientras hablaba iba pensando en que siempre iba corriendo y estresada a todas partes. Miraba los ojos que a mi lado estaban y me sentía muy afortunada. Empezaba a sentir que poco a poco los infinitos bucles mentales quedaban atrás. Reí, miré, pregunté, pero no tuve ni un solo momento de estar seria y me gustó mucho.
Aún recuerdo la primera vez que subí a Figueres; fue un viaje de tren relativamente corto desde Barcelona. Venía con la intención de volver a ver unos ojitos grises y mientras tanto me entretuve en el museo Dalí. Había comprado mi entrada online, llegué, se la mostré al chico, guardé mis pertenencias en una taquilla; y ahora sí, ya éramos Dalí, yo y la lista de música de Spotify. Valga comentar que hubo momentos en los que pausé la música, necesitaba estar en silencio mientras recorría esas galerías, unas más sombrías que otras, pero siempre inverosímiles.
Digamos que mi visita al museo fue bastante empírica. A la entrada tienes unas obras muy sencillas para lo que en realidad esconden esos muros. En cuanto separas la vista de las paredes o el suelo, y miras hacia adelante, te encuentras con una composición que, cuanto menos, te dejará sin saber qué pensar. Pocas fotos tomé, pero te regalo algunas de ellas por aquí.



Da igual que vayas a la derecha o la izquierda, siempre llegarás a un rincón lleno de expresión artística. Diría yo que lo que más despierta este museo es la curiosidad. ¿Sabes cuando miras una obra de arte y te preguntas: ¿Esta persona qué estaba pensando cuando hizo esto? Pues así es con cada metro cúbico del lugar.
Entrar en ese museo es como detener el tiempo; el aire se respira de otra manera. Al final hice una parada que pocas veces hago en los museos: la tienda de souvenirs, me motivó el sentimentalismo. Miraba buscando algo que no encontraba y casi me fui sin obtenerlo; hasta que vi una postal que captó mi atención. Sabía que a mi madre le haría mucha ilusión algo de allí. Inmediatamente después, y justo al lado, encontré otra postal que me recordó a alguien especial. La tomé en mis manos, esperando con ansias el momento de poder escribir esas dos dedicatorias.
Pero no te quiero hacer más spoiler porque quiero volver allí con conocimiento de causa y con la tarea hecha; sabiendo el porqué de todo lo que estoy mirando.
El momento del museo había terminado, se acercaba la hora; y allí estaba él, tan sencillo y tan misterioso a la vez. Caminamos juntos por las calles de Figueres. Nos sentamos en una plaza a tomar algo, a conversar por un rato. Vi el ayuntamiento. Pasé cerca del Parc Bosc, mientras, sobre nuestras cabezas, se hallaban las luminarias más peculiares. Conocí a la Luna. Empecé a sentir, mientras caminaba, lo que por estos lugares llaman: La Tramontana… y aquí entre nosotros, no sé si es por el poco tiempo que llevo aquí o no, pero a mí me gusta.
Los días y las semanas pasaron, y aquí estoy, en Figueres; haciendo de este lugar mi casa y de esos ojos grises uno de los motivos de mis sonrisas.
Este más que un viaje es una historia y quiero compartir contigo todo lo que miran mis ojos. Te espero el próximo domingo.

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